Revista de Humanidades y Ciencias Sociales

Al Irfan es una Revista científica de periodicidad anual fundada en 2014 en el IEHL. Publica trabajos de carácter disciplinar, pluridisciplinar e interdisciplinar, enfatizando la exploración de los mundos hispánico y luso y sus intersecciones, en sus dimensiones históricas, culturales, sociológicas, políticas y económicas.

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Viajeros argentinos al Japón en el siglo XXI. Entre tradición y globalización

Lila Bujaldón de Esteves
Universidad Nacional de Cuyo CONICET, Mendoza

Resumen

Desde fines del siglo XIX, la Argentina cuenta con un corpus de relatos de viaje que dan cuenta del encuentro de escritores argentinos con una cultura tan lejana como la japonesa. Los diferentes textos han ido delineando desde entonces una imagen positiva del Japón, cuyas ejes valorativos varían según el viajero y su circunstancia histórica. En el gozne entre el siglo XIX y XX se admira el equilibrio logrado entre tradición local y progreso occidental, así como la perfección lograda en el arte; más adelante serán centrales las religiones y filosofía orientales como claves salvíficas para la decadencia de Occidente y se incorporan al repertorio del Japón artístico del siglo XIX nuevas artes como la fotografía y el cine. Entre los textos de viaje del siglo XXI surge como novedad el debilitamiento del anclaje “nacional” del emisor, paralelo a los procesos de migración, propios de la globalización. Junto a otros escritores-viajeros, como Martín Caparrós (1957), se encuentra Anna Kazumi Stahl (1963), quien – desde un origen norteamericano-japonés – elige como entorno existencial y cultural para su obra la Argentina y el castellano, sin abandonar por ello el interés central por el Japón.

Palabras clave

Escritores viajeros, Argentina y Japón, narrativa de viaje, Martín Caparrós, Anna Kazumi Stahl.

Abstract

Since the end of the nineteenth century, Argentina possesses a corpus of travel narratives that account for the encounter of Argentine writers with such a distant culture as the Japanese. The different texts produced by these writers have been delineating, since then, a positive image of Japan, whose axes of valuation change according to the travelers’ historical situation. At the transition between the nineteenth and the twentieth centuries, travelers admire the balance between local tradition and Western progress, as well as the perfection achieved in the arts; moving forward in time, they will look at Oriental religions and philosophy as redeeming keys for Western decadence, and they will consider new arts, such as photography and film, as an integral part of the artistic stock of nineteenth-century Japan. In the travel narratives of the twenty first century, the “national” positioning of the writing subject emerges as novelty in the context of migration processes related to globalization. Along with other writers-travelers, such as Martín Caparrós (1957), we find Anna Kazumi Stahl (1963), from North American-Japanese origin, who chooses Argentina and the Spanish language as her existential and cultural surrounding, without abandoning her deep interest in Japan.

Keywords

 Argentine travelers, Argentine and Japan, Travel narrative, Martin Caparrós, Anna Kazumi Stahl.

Desde fines del siglo XIX la Argentina cuenta con un interesante corpus de relatos de viaje que dan cuenta del encuentro de escritores argentinos con una cultura tan lejana y “exótica” como la japonesa. Los diferentes textos y autores han ido delineando desde entonces una imagen positiva del Japón, cuyos ejes valorativos varían de acuerdo con el viajero y su peculiar circunstancia histórica.

En el gozne entre el siglo XIX y XX la admiración pasa por el equilibrio logrado entre tradición local y progreso occidental, tal como trasuntan las cartas de viaje de Eduardo Wilde que circularon en un primer momento en uno de los diarios más leídos en la Buenos Aires del momento (Bujaldón, 1995). Transcurridas dos guerras mundiales y desde la valoración superlativa del arte folclórico y popular, un poeta y músico argentino como Atahualpa Yupanqui pone en primer plano en el Japón la pervivencia de lo tradicional en sus formas más antiguas: las leyendas y el grupo étnico de los ainu, a la vez que establece notorios paralelismos entre la música japonesa y la de los incas en la zona andina (Bujaldón, 2012).

Otra nota incorporada a la valoración de la cultura japonesa es la perfección del arte lograda en todas sus formas, un arte consagrado en Europa a través de la exposiciones mundiales y difundido sobre todo por medio de los objetos exportados y la reproducción de grabados. Libros como Viaje al Japón de Jorge Max Rhode (Bujaldón, 1999) o artículos periodísticos como los de Manuel Mujica Laínez en 1939 (Bujaldón, 1997) recogen ese deslumbramiento estético que a la vez oscurece el resto de la actualidad japonesa, inmersa en un abierto proceso de nacionalismo hacia adentro e imperialismo bélico en la región. Muy avanzado el siglo XX, se incorporan al repertorio del Japón “artístico” proveniente del siglo XIX nuevas artes como la fotografía y el cine, tal como se imponen en las páginas de diario de Matías Serra Bradford, quien a la vez aporta a los países de habla hispana un nutrido repertorio de referentes e intermediarios ingleses de la cultura japonesa (Bujaldón, 2013).

En la primera mitad del siglo XX se tendrán también en cuenta en la Argentina las religiones y filosofía orientales como claves alternativas y salvíficas para un Occidente considerado en decadencia o, al menos, se hallará en ellas otros caminos de sabiduría que los propuestos por el racionalismo europeo, tal como puede leerse en Jorge Luis Borges no sólo en los textos relacionados con el Japón, sino en toda su obra literaria (Bujaldón, 2011).

Entre los relatos de viaje del siglo XXI surge como novedad el debilitamiento del anclaje “nacional” del emisor, paralelo a los procesos de migración, desterritorialización y desestructuración de las fronteras, propios de la globalización. Este es el caso de Anna Kazumi Stahl (1963), quien —desde un origen norteamericano-japonés— elige a la Argentina como entorno existencial y cultural para su obra literaria escrita en español, puesta a la vez en relación con sus propias raíces japonesas.

Por otra parte, Martín Caparrós (1957), otro escritor viajero, retoma en su texto periodístico sobre el Japón la audacia, el humor y el espíritu iconoclasta que caracterizan las cartas de viaje de su antecesor Eduardo Wilde (1844-1913), pionero argentino en este recorrido oriental. Ambos escritores contribuyen a la conformación, cultivo y difusión de una “niponfilia” extendida a lo largo del amplio arco de un siglo en la Argentina.

Martín Caparrós en la estela de Eduardo Wilde

Frecuentemente en la obra de Martín Caparrós se encuentra la crónica de viaje, género por el que ha recibido múltiples premios, e incluso ha escrito por encargo. Los destinos descriptos son lejanos o cercanos, del extranjero o del país. En sus propias palabras, lo atrayente de este tipo de texto es su acceso a aspectos, como el pasado, que escapan a la pura actualidad que busca lo periodístico. A la inversa de lo que podría esperarse, es a partir de los recursos de la escritura de ficción, como por ejemplo personajes, diálogos dramáticos y textos en verso, con que Caparrós se propone enriquecer sus crónicas. Podemos seleccionar entre ellas: Larga distancia (1992), ¡Dios mío! Un viaje por la India en busca de Sai Baba (1994), El interior, crónicas de viaje por las provincias argentinas (2006), Pali-Pali. Impresiones coreanas (2012). Entre los premios por su tarea como cronista señalemos el “Rey de España” de 1992 y el Premio Konex de platino en ese rubro de 2014. La novela es otro de los géneros en que ha incursionado exitosamente, como Valfierno (2004), galardonada con el premio Planeta Argentina, y Los Living, premiada en 2011 con el Herralde.

“Niponas”, páginas dedicadas al Japón por Caparrós, recupera brevemente una estadía de tres semanas transcurridas sobre todo en Tokio, ya que solo hay una mención breve para un templo de Kioto. “Niponas” forma parte de una antología de relatos de viaje a destinos orientales de la pluma de los más variados autores argentinos (Pasaje a Oriente, 2009), a la vez que también circula on line como una crónica periodística.

Las impresiones y reflexiones del viajero están divididas en tres partes, cada una de las cuales se cierra con un pequeño poema a la manera de un haiku. Los lugares de los que se habla especialmente son el mercado de pescado, los templos, el hotel-cápsula. Cuando reitera algún tema, invierte en una especie de juego dialéctico su primera apreciación. Si en la primera visita al mercado asusta la presencia y consumo del pescado venenoso “fugu”, en la segunda parte señala la fascinación ante la manera primorosa de cortar un trozo de atún en las manos de un pescadero; si se sospecha de la timidez cortés como simulación, en otra parte se alaba la distancia delicada que imponen las relaciones.

Las notas de disciplina, pulcritud y buenas maneras, basadas en un código ético estricto, que deslinda vergüenza social de culpa individual, están presentadas junto con su otra cara de sumisión, falsedad y horror al conflicto, manifestados entre los japoneses en su forma extrema de enfermedad psicosomática y psicológica.

Al observar el viajero cambios en la sociedad japonesa o de oposición entre un Japón antiguo venerable y otro actual desvalorizado, apela al testimonio de un sociólogo local. A través de sus dichos transfiere el cumplimiento del deber mostrado ejemplarmente en la conocida historia tradicional de los 47 ronin al respeto que hoy los peatones sienten por los semáforos. Y se añade: “A los viejos, quizás, a los tradicionales les gustaría más que, frente al semáforo, en la vereda donde tienen que esperar, una parrilla les calentara los pies hasta justo antes de lo intolerable” (Caparrós, 2009, p. 261). El supuesto antagonista japonés con quien dialoga el viajero comenta que “ese arte de vivir se está perdiendo: a los jóvenes ya no les gustaría” (Caparrós, 2009, p. 262). Generalizando respecto del Japón tradicional, el viajero juzga que está rodeado de un tono melancólico, propio de un mundo desaparecido, coherente y ordenado. Los clichés del estanque, la luna, la flor de los cerezos conforman ese cuadro ya empalidecido.

De los templos se rescata su enclave en medio de la naturaleza y se desliza algún comentario humorístico sobre la función del ripio que los circunda, puesto allí para alertar al dios de la llegada de los feligreses. En la comparación con los santuarios occidentales no se alude a los contenidos religiosos, sino al papel que juegan para el hombre. Son los occidentales quienes pretenden en ellos poder. Hay otra mención sobre la cuestión del poder entre Oriente —Japón y China más precisamente— y Occidente: el viajero relativiza cualquier superioridad o supremacía, ya que ambos se han valido y valen de los inventos del otro para sucesivas conquistas y reconquistas.

Si los chinos inventaron la pólvora, fueron los europeos los que la utilizaron para lograr la supremacía mundial, de la misma manera, pero en sentido inverso que está sucediendo ahora con el avión, la televisión o el microchip.

Un escenario “exótico” presentado es el del hotel-cápsula. En otras ocasiones y de diversas maneras marca el viajero el abigarramiento humano de la ciudad, como por ejemplo en lo que llama la “ciudad vertical”, encarnada por los rascacielos en cuyos pisos se ofrecen los comercios y servicios que, por el contrario en nuestras urbes permanecen siempre a ras de piso, mientras que lo construido en alto pertenece a la vivienda. En el hotel-cápsula, casi “nicho” como se le escapa llamarlos al circunstancial huésped, vuelve a sobresalir la higiene japonesa, que también reina entre los clientes, quienes antes de ocupar sus pequeñísimos lugares pasan por dos instancias de baño. El exiguo espacio del lugar, del “nicho”, incluye un pequeño televisor, como una pieza más del mobiliario indispensable.

Al acceder allí a un programa pornográfico, el circunstancial televidente aborda las diferencias “culturales” de las escenas de violación, en las que le llaman la atención ciertos detalles que imponen a la brutalidad más absoluta desarrollada ante la vista, reglas y límites precisos. Caparrós también se acerca al erotismo japonés, con su mención del modelo de mujer-niña vestida de marinero y se detiene en señalar las marcas de belleza femenina buscadas por los y las japonesas, que están en las antípodas de los cánones estéticos occidentales.

Para el lector se hace evidente que el viajero establece como punto de comparación a la Argentina, desde donde se sitúa, y en un plano más general el así llamado “Occidente”. De allí que, por ejemplo, una economía recorrida por la previsibilidad, como es la japonesa, concentre su atención por la contraposición con la propia, así como también la confiabilidad que rodea la vida urbana y a la que el extranjero se adapta inmediatamente, delata su carencia en la metrópoli de proveniencia. Los múltiples términos que han creado y usarían los japoneses para calificar los tipos de mancha, fruto de su extrema meticulosidad, tienen como correlato entre los argentinos la larga lista de expresiones para anunciarnos una amenaza o una desgracia.

Si consideramos que Caparrós define al Japón como “el imperio de la Regla”, variando el título del conocido ensayo sobre el Japón de Roland Barthes, y muestra diferentes ejemplos de la omnipresencia de ella en los ámbitos más variados, se puede formular que dicha valoración por parte del asombrado viajero surge de un ámbito propio, la Argentina, percibida como carente de ellas. El juego entre la hetero-imagen y la auto-imagen así lo establece (Leerssen, 2007, p. 344). Constata el viajero: “Aquí los perros no pueden salir sin correa —como en casi todo el mundo—. Aquí lo observan. Se diría que aquí son, sobre todo, observadores fieles” (Caparrós, 2009, p. 264).

En forma reiterada indica el viajero que los japoneses recalcan al forastero su extranjería. El recurso consiste en declararlo incapaz de comprender la cultura japonesa o aprender sus costumbres. Para Caparrós se trata de una muestra extrema de su nacionalismo, en consonancia con quienes postulan en sus estudios críticos que la conformación de una Otredad extrema e irreductible tiene por objeto su exclusión de la cultura homogénea dominante. “La astucia no está en rechazar al gaijín porque se diferencia; sí, en rechazarlo cuando podría parecerse. El extranjero, para ser, debe ser extranjero, o sea: distinto, por favor, faltaba más” (Caparrós, 2009, p. 271).

Finalmente sorprende la serie de coincidencias entre Eduardo Wilde, escritor de la prestigiosa Generación argentina de 1880, y Martín Caparrós como cronista actual. Ambos tienen entre sus escritos una larga lista de relatos de viaje a destinos muy lejanos, escritos que fueron ampliamente accesibles también a través de los diarios. El espíritu iconoclasta de Eduardo Wilde se centró en poner en duda el consagrado paradigma de Europa como modelo de cultura y civilización; por su parte Caparrós lo ejercita, por ejemplo, con líderes religiosos mundiales. La audacia de sus incursiones incluye la pornografía y el tratamiento del haiku, en el que introduce objetos de fabricación actual como el semáforo.

“Un semáforo, dos,

tres: una sola

manera de mirarlos” (Caparrós, 2009, p. 272)

También en lo lingüístico polemizan con las normas: Caparrós usa términos del lunfardo y Eduardo Wilde por su parte intentaba imponer nuevos usos ortográficos que contradecían los establecidos por la Real Academia Española. El humor y la ironía son también rasgos y recursos de que se valen estos dos viajeros al Japón: lo religioso y la mujer están en el repertorio.

Frente a las coincidencias señaladas de temperamento y abordaje “periodístico” de las realidades culturales lejanas, existen diferencias derivadas del paso de un siglo de historia impiadosa que desnudó las grietas de la modernidad. El optimismo incondicional de Eduardo Wilde frente al progreso, proyectado por él en el Japón, es imposible de sostener por un viajero en el siglo XXI. Tampoco Caparrós puede decidirse por el Japón milenario, aunque emerja rodeado por un halo de nostalgia.

Las notas positivas persisten en ambos relatos: cortesía, amabilidad, pulcritud, meticulosidad, orden, respeto por la ley y las normas en todos los ámbitos, pero en el escritor actual con objeciones negativas que surgen de interpretaciones antropológicas del ámbito de lo psico-social: el mayor conocimiento proporcionado en la era de los intercambios y el aporte de las ciencias humanas han contribuido al abandono de una visión naïf del Japón. Aquello en que la admiración perdura sin límites es frente al arte, unas veces artesanía, otras gestualidad:

Tsukiji, una vez más. Un hombre que acariciaba, tajeaba, limpiaba y volvía a acariciar los restos de un atún hasta transformar cada trozo en partes de su arte. Pocas veces vi a alguien tratar la materia tan amorosamente como ese hombre su pedazo de atún, y después y otro y otro hombre, y más (Caparrós, 2009, p. 263).

Incluso la ironía de Caparrós y sus prevenciones frente a la sumisión a la jerarquía ceden ante el aprendizaje de un arte: “Me fascinó la forma en que el aprendiz le preguntaba al maestro cocinero si había cortado bien aquel pescado. … Pero ese gesto de los ojos bajos y las manos crispadas preocupadas y el temor al rechazo o de la aceptación eran amor: belleza pura” (Caparrós, 2009, p. 268).

El Japón no es solo arte, como se planteó en forma excluyente en la primera mitad del siglo XX y luego fue desmentido de la manera más cruel por la historia bélica mundial. Sin embargo, su presencia y ejercicio siguen cultivándose y mutando, como ocurre con la fotografía y el cine, para admiración de los viajeros.

Anna Kazumi Stahl y la llave argentina

La presencia de Anna Kazumi Stahl en la Argentina ofrece la posibilidad de observar no sólo su peculiar posicionamiento e intermediación respecto del Japón, sino que también lleva a reflexionar sobre algunas consideraciones metodológicas que ponen en entredicho la operatividad de la imagología literaria comparatista en textos marcados por una escena mundial globalizada.

La escritora, nacida en Louisiana en 1963, es de origen norteamericano por parte del padre, a la vez que tiene raíces japonesas por la procedencia de la madre. Desde 1995 Anna Kazumi Stahl eligió vivir en la Argentina y escribir en castellano. Contaba, en años anteriores, con una estadía en Buenos Aires como becaria, así como con viajes a Japón y a Alemania, de donde es oriunda la familia paterna. Se había doctorado en Literatura Comparada en Berkeley, Universidad de California, y previamente había realizado sus estudios primarios y secundarios en Nueva Orleans. En distintas entrevistas Anna Kazumi Stahl ha destacado las constantes experiencias multiculturales que vivenció tanto en su propio hogar como en la ciudad donde se crió. Una de las vivencias que ha señalado se halla en torno a lo religioso: del ateísmo paterno, pasando por el budismo-shintoismo materno al catolicismo del colegio donde fue educada. Otra experiencia de culturas en contacto proviene de la ciudad norteamericana donde le tocó crecer, Nueva Orleans, en que lo español, lo francés y lo africano siguen perviviendo en múltiples aspectos de la vida ciudadana como la música, la arquitectura, las costumbres, la lengua.

Anna Kazumi Stahl ha publicado desde la Argentina, en castellano, un libro de relatos, Catástrofes naturales (1997), y una novela: Flores de un solo día (2002), ambos aparecidos en editoriales de buena circulación, bien recibidos por la crítica y traducidos a varios idiomas. La novela escoge a Buenos Aires como uno de los escenarios principales: es punto de partida del viaje de Aimée, la protagonista, quien se trasladará a Nueva Orleans, meta y clave en el descubrimiento de su identidad. La novela cuenta que la protagonista había llegado a la Argentina a los 8 años en compañía de Hanako, la madre japonesa. Christiane Kazue Nagao (2004) ha incluido esta novela de Anna Kazumi Stahl en un trabajo en que reúne otros dos textos narrativos de la pluma de autores nikkei, es decir descendientes de japoneses nacidos fuera del Japón, en este caso en la Argentina. En dicho trabajo el objetivo ha sido indagar la representación de la cultura japonesa en la literatura argentina. Si bien en la novela de Anna Kazumi Stahl no se trata de un relato de viaje al Japón, sin embargo la consideración de Flores de un solo día es pertinente para observar a nivel de la ficcionalización la relación múltiple de los personajes con el espacio japonés, argentino y norteamericano en el que se mueven. Desde ellos es posible realizar un estudio imagológico sobre esta triangulación de culturas que la autora pone en juego. Kazue Nagao por su parte, cercana conocedora de la cultura japonesa, aporta en el análisis de la novela de Anna Kazumi Stahl aspectos simbólicos centrales, como la interpretación de la mudez del personaje de Hanako, la madre japonesa, en el marco del significado del silencio para aquella cultura.

Los recuerdos de viaje al Japón, relatados por Anna Kazumi Stahl en “La pertinencia de una llave extraña” (2009) estructuran un texto de fuerte impronta autobiográfica en que la autora indaga sobre experiencias centrales en la percepción y conformación de la propia identidad. Las fechas fijan la cronología en un derrotero paralelo al de la trayectoria de la autora: 1970, 1988, 1997. De desigual extensión son las páginas sobre las tres estadías en el Japón relatadas, índice tal vez de un estadío provisorio de escritura.

El capítulo más largo recupera el primer viaje desde los Estados Unidos a los siete años con su madre japonesa. Nueva Orleans es el otro punto de referencia de la niña para establecer las comparaciones respecto, por ejemplo, del clima y las festividades. La experiencia de la pequeña viajera está marcada por el entorno familiar japonés: la madre que la introduce y los tíos que la reciben. El mayor descubrimiento de la niña hace a la pertenencia étnica al grupo homogéneo de población que la rodea y la percepción de que su familia japonesa la reclama como parte de él, incluso a nivel religioso.

La niña vivencia también el manejo cultural de las emociones y su razón de ser: frente al sismo no se debe exteriorizar el miedo personal, ya que ello perturba a quienes la rodean. Por otra parte la madre, desde la cocina japonesa que ejercita en Nueva Orleans, ha establecido una vía de ingreso a la cultura de origen y proporciona a la niña una suerte de continuidad que une la palabra en japonés ya escuchada con las especialidades dulces por ella designadas: sakuromachi, donburi, antes, en Estados Unidos, reducidas al ámbito doméstico, pero ahora accesibles y a la venta en los establecimientos que las rodean.

Los espacios incluidos mezclan aquellos “exteriores” propios de un viajero: la estación ferroviaria y el tren, el parque de diversiones, los templos y las calles, con los “interiores” que introducen a la madre y a la niña en el corazón de la cultura japonesa: la casa de los tíos y de los amigos, así como las formas de agasajo y diversión. La niña percibe en esos momentos la completa pertenencia de la madre a ese mundo y, por ende, la suya propia, dado el total nivel de dependencia propio de la edad infantil.

Mucho más breve es el relato del segundo viaje, también con el entorno de la madre y de la familia japonesa, pero marcado por el propio itinerario que busca salir de lo ya conocido para recorrer sola otros lugares y paisajes del Japón. En oposición a la primera experiencia relatada, el saldo no es de corroborar la pertenencia a aquella cultura, sino de subrayar la extranjería, marcada también por los familiares, pero esta vez pares de generación. De manera casi lacónica, poco explícita, es introducida la llave mencionada en el título del relato, que acompaña a la viajera y de la que se señala que pertenece a una morada de Buenos Aires.

Luego del viaje infantil y del viaje juvenil, la autora presenta a manera de epílogo otro de tipo laboral al Japón, favorecido por la actual época de intercambios y la propia preparación para ellos, en que el contrapeso está dado otra vez por la misma llave argentina que lleva consigo. Los adjetivos para describirla, a través de su olor: “cálido”, “fiel”, “modesto”, así como su capacidad de adherirse a la piel, preanuncian la elección ya realizada por ese espacio, frente a otros, como la casa del tío japonés, cuya visita no es esta vez lo más central. También en la novela Flores de un solo día la escritora recurre a una llave para desentrañar el misterio de la identidad de la protagonista. Aimée, después de recibir una llave de manos de su madre japonesa, la prueba en varias circunstancias durante el viaje a Nueva Orleans, para finalmente, gracias a la llave, recuperar el nombre de su padre y con ello, la historia de su origen. Evidentemente que tanto a nivel de la ficción, como en un texto de mayor carga autobiográfica, el símbolo de la llave apunta a proponer un nuevo lugar como exploración y meta, cargado de enigmas y de promesas. En el texto de mayor cercanía biográfica, para Anna Kazumi Stahl la llave corresponde a la Argentina, como su trayectoria personal desde los años ochenta y decididamente desde 1995 (Cirlot, 2002, p. 167).

Aportes críticos sobre la identidad doble

La incipiente obra literaria de la autora se completa y halla un marco teórico en su tarea crítica, cuyos conceptos principales están corroborados por las varias entrevistas personales realizadas en torno a la aparición de sus dos obras. Fundamental resulta la tesis doctoral que Anna Kazumi Stahl (1995) dedicó a investigar los procesos de formación de “identidades dobles” en minorías étnicas, luego de su inserción en otras culturas dominantes. A través de autores y textos de aquellas minorías, la comparatista eligió para su investigación el caso de los judíos en la Argentina en la década de 1920, de los japoneses en los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial y, en los años setenta, la cuestión de los turcos en Alemania. En la introducción del extenso trabajo, los objetivos conducen a dilucidar los mecanismos de relación entre cultura dominante y cultura minoritaria y el posicionamiento de las minorías respecto de las formaciones nacionales, tomando como ejemplo las tres minorías antes mencionadas. Punto crucial en el análisis son las respuestas de los grupos minoritarios al reiterado proyecto nacional de asimilación, cuyo resultado designa la investigadora como de “identidades dobles”. Entiende por ello una estrategia de duplicidad que por un lado finge la asimilación en la esfera pública, mientras que la diferencia cultural se mantiene en la privada, entre otros varios fenómenos analizados por la autora. Se propone también reflexionar sobre la configuración social de la identidad nacional y de la “Otredad”, tomando en cuenta la diferencia cultural en sus dos valoraciones: como amenaza y como ventaja dentro de una tradición dominante. Se detiene también en los espacios concretos y simbólicos otorgados a las minorías en una construcción nacional, así como sostiene el papel de la literatura como un espacio social y político de afirmación de las minorías.

En relación con este rol de la literatura, Anna Kazumi Stahl destaca que ella nos ayuda a pensar otros modelos de convivencia y de relación con la Otredad, tal como lo expresa en una entrevista de 2012 (Santoro, 2012). En la literatura, argumenta la autora, es posible imaginar nuevas maneras de incorporar la Otredad, de defendernos de la discriminación y de vencerla dentro de nosotros mismos: incluso la escritura de ficciones permite explorar la construcción de una identidad (Guzner, 2008). A nivel autobiográfico, la escritora cuenta que si bien tuvo como opción vocacional el estudio de las leyes para dedicarse al ámbito de los derechos humanos, la literatura le ofrecía un espacio más creativo en cuanto a las múltiples posibilidades que esta expresión artística permite imaginar en la esfera de nuevos modelos de convivencia.

El planteo en que recae ensayística y ficcionalmente Anna Kazumi Stahl hace a la cuestión de la identidad, no ya “única y homogénea”, sino conformada por varias tradiciones culturales: dual en los casos históricos del siglo XX que analiza en su tesis doctoral, múltiple en la era de la globalización, de la que ella misma es exponente. En un panorama abarcador del desarrollo de la literatura japonesa, al referirse a las características actuales de esa literatura, la autora —a quien considero también parte de esta lista— incluye centralmente a mujeres escritoras que incursionan en áreas novedosas como el multiculturalismo y la globalización, mencionando como ejemplos a Minae Mizumura y Yoko Tawada (Kazumi, 2010).

Su postura novedosa respecto de la adherencia a una sola identidad, gestada en su propia experiencia biográfica, se resume en estas palabras:

Tal vez haya que empezar a pensar en no tener patria, o al menos en no tener una sola. Hace poco alguien me preguntó si no hubiera preferido crecer dentro de una sola cultura. Y yo pregunté: ¿por qué? Para mí la identidad única es una carencia. Son las identidades distintas las que, en realidad, crean un centro (Rey, 2002).

La lengua de elección

La incorporación de Anna Kazumi Stahl al conjunto de escritores argentinos que viajaron al Japón, y como resultado aportaron textos entretejidos con dicha cultura, responde al hecho de que sus textos están escritos en castellano y anclados, de una manera más o menos firme, en Buenos Aires.

En un número creciente surgen escritores que, como ella, eligen para expresarse la lengua del país donde se radican, con el consiguiente abandono del que traen por nacimiento o por educación. En el siglo XX se menciona por ejemplo a Vladimir Navokov, Elias Canetti, Samuel Beckett, Héctor Bianciotti, entre otros que optaron por el inglés, el alemán o el francés, cuando tenían como lengua “materna”, acorde con el lugar de nacimiento el ruso, el búlgaro, el inglés o el castellano (Martinetto, 2006). La “pertenencia” de una obra literaria a una determinada literatura nacional se ha basado hasta la actualidad en la lengua en que está escrita. Sin embargo se contempla como una riqueza renovadora aquella que aporta una escritura surgida al calor de otro espacio cultural, como es el caso de la escritora Herta Müller (1953), el Premio Nobel más reciente obtenido para la Literatura en Lengua Alemana en 2009. La escritora, perteneciente a la minoría alemana asentada desde hace varios siglos en Rumania, transcurrió largos años de su vida en ese país y sufrió las condiciones del régimen comunista rumano. De allí que toda su obra, escrita en alemán, esté transida del paisaje, la cultura, las tradiciones, y las vicisitudes históricas rumanas en el marco de esos años. Como consecuencia de ello, no sólo el imaginario ofrecido por la escritora es novedoso para las letras alemanas, sino incluso e inevitablemente el manejo de la lengua alemana que lo acompaña y puja por plasmarlo.

Anna Kazumi Stahl, nacida y educada en los Estados Unidos, relata que con el inicio de la escolaridad se impuso en forma excluyente el inglés, ya que en el ámbito familiar de los primeros años circulaba en la casa el japonés de su madre. Junto a otros idiomas aprendidos, el inglés podría considerarse su “propia” lengua (Santoro, 2012); en ella la escritora lee, piensa y ha desarrollado su actividad como docente de Literatura. En inglés fueron sus primeras incursiones en la escritura, unos cuentos “fantásticos” de la época de la adolescencia. Sin embargo, y en forma consecuente con su elección por la Argentina como lugar de residencia en 1995, escoge también el castellano para sus escritos literarios. Previamente había tomado contacto con el castellano en 1988, cuando vivió como becaria en Buenos Aires. La autora confirma que su aprendizaje del castellano ha sido tardío, después de los 30 años, y juzga que lo escribe como una extranjera, pero en un momento histórico en que lo transcultural es bien recibido (Santoro, 2012). Explica que la nueva lengua le permite usarla en forma virgen, sin los prejuicios que la acompañan el escribir en inglés, resultando paradójicamente la limitación que ello conlleva, la ventaja de ceñirse a lo esencial. Respecto de las razones que hacen para ella de Buenos Aires un lugar amigable, destaca el cosmopolitismo de la sociedad en el cual existe una intercomunicación entre los distintos grupos no guiada en primer término por una estratificación étnica, como sucede por ejemplo en los Estados Unidos. Considera que en la Argentina existe una buena comprensión para una hija de inmigrantes, que guarda siempre en su biografía los “ecos” de otras culturas. La vitalidad de la cultura, así como el fácil acceso a los círculos y escritores más sobresalientes son otras de las cualidades del destino elegido por Anna Kazumi Stahl para instalarse en la capital argentina desde hace 20 años.

Tarea de intermediación japonesa-argentina

A pesar de que Anna Kazumi Stahl confiesa no pensar en japonés, sino en inglés y en castellano, su tarea de intermediación en la Argentina apunta a la cultura japonesa materna. En artículos medulosos, propios de su sólida trayectoria académica, la escritora aborda temas centrales del contacto entre el Japón y la Argentina, como lo es el de la traducción de literatura japonesa (Kazumi, 2011). En él, además de presentar la situación actual en la Argentina y en el ámbito de la lengua española en general, avanza en intentar una tipología de aquellos que se han animado a verter directamente el texto original, sin pasar por las traducciones ya realizadas al francés o al inglés. Encuentra en la lista a diplomáticos, a nikkei (descendientes de japoneses que nacieron en el extranjero) y también algunas excepciones de eximios argentinos que se dedican a traducir, como Alberto Silva lo hace con la poesía japonesa (Kazumi, 2012a, p. 27). Ella misma ha encarado esta tarea en colaboración con su madre, hablante nativa japonesa, con la traducción de un ensayo antropológico que trata de la gestualidad japonesa (Tada, 2006). También aborda cuestiones de estética, como el concepto del iki, en el comentario de obras de estudiosos japoneses dedicados al tema (Kazumi, 2012b). Otro singular aporte está constituido por un panorama histórico de la literatura japonesa desde sus inicios, aparecido en el suplemento cultural de un importante diario de Buenos Aires (Kazumi, 2010). Dicho panorama tiene la virtud de señalar la existencia o carencia de traducciones al castellano de las obras mencionadas, así como otorga un lugar especial a la escritura femenina. Además, luego de dedicarse al período de posguerra, aborda en el artículo la más cercana actualidad, donde destaca sobre todo las voces femeninas, a las que caracteriza por estar interesadas en cuestiones de identidades múltiples en un contexto de movilidad global.

A manera de conclusión

Las huellas de los contactos de la Argentina con el Oriente se han ido confirmando y valorando en los últimos años (Gasquet, 2007); entre ellos el Japón conforma un interesante capítulo por lo que de circunscripto y particular lo caracteriza. Desde la literatura se puede diseñar un derrotero de esos encuentros, tarea para la cual la imagología comparatista nos brindó un posible abordaje crítico. El estudio de la imagen del Japón aportó en el marco cronológico de un siglo el diseño de la representación cultural de aquel lejano país, que también incluye su génesis y difusión. Junto con ello, la pregunta por la situación y posicionamiento “nacional” del viajero observador eran indispensables y lograban revelar aspectos y valores de la propia cultura, muchas veces difíciles de captar con otro instrumental. En esa estela se encuentra en el siglo XXI Martín Caparrós, de allí la mención de “tradicionalidad” para su aporte: no podía faltar en su texto la mención de la historia japonesa de los 47 ronin ni la serie de características positivas de los japoneses que han permitido denominar como “niponfilia” esta relación oriental, matizada por la ironía y distanciamiento propios del autor y de nuestra época.

Por otra parte, la aparición de una escritora de raíces japonesas y educación norteamericana que, radicada por elección en la Argentina, escribe haciendo entrar en juego inevitablemente la cultura materna, añade un condimento de originalidad al acercamiento al Japón. A través de la mirada de Anna Kazumi Stahl se produce un mayor y mejor acercamiento al ámbito lejano. Además la escritora incursiona más allá de lo estrictamente literario, ya que se transforma a través de otros aportes en una intermediaria cultural entre el Japón actual y la Argentina. Sin embargo, por el posicionamiento de Anna Kazumi Stahl, carece de sentido indagar como contraparte en una auto-imagen argentina, ya que la autora sigue inquiriendo en la cuestión de la propia identidad, como era de esperar en una existencia marcada por la elección de una lengua y cultura de entre las otras varias de donde proviene. Es así que la autora forma parte del grupo de escritores “transnacionales” que a causa de la nueva situación mundial de desplazamientos, corrimiento de fronteras y desterritorialización, plantean problemas derivados de la globalización. No se trata ya de la cuestión de “una” nación y su literatura, sino de los vínculos de los nuevos habitantes globales con las culturas con que han estado en contacto, y de manera especial, de la relación del escritor con la lengua de elección. Si la imagología comparatista surgió con el marco y al calor de los nacionalismos europeos para poner en evidencia también las construcciones ideológicas que los volvían beligerantes, otros instrumentos son ahora necesarios para abordar “planetariamente” nuevos contactos transnacionales, reflejados en escritores como Anna Kazumi Stahl.

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